domingo, 2 de enero de 2022

Mañana es mi cumpleaños 2022

El día de mañana es mi cumpleaños. Imagínense ustedes. Pasar todo un año entre trámites, consultas y cosas que no son parte regular de tu vida, ni de tu rutina, ni de tus planes. Pasar un año entero esperando que no pasa nada más malo y pasa, y pasa, y pasa.
Mi gata murió empezando febrero, empezando un año que creía sería bueno, que creía sería para mi casa, mi hogar y nuestras cosas y planes, con una bolsita de borrego de la suerte que jamás estrené porque mi gata enfermó y murió, y a los pocos días, al día siguiente, mi madre enfermó y murió, y a partir de ese momento la cabeza fui yo, la cabeza, el cuerpo, pero la vida no, la vida ya no fui yo. Tuve que hacerme cargo de lo había dejado mi madre, de mis dolores, de los dolores ajenos; tuve que ver no sólo por mí, sino por mi padre, a pesar de todo, a pesar de que no habíamos sido los más unidos. Tuve por deber y por cariño.
En este año mi amor tambaleó, no el sentimiento en sí, sino su corazón, su cuerpo, su vida. Se sintió rendido, ausente de sí, sintió que perdió todo un año y no por él. Me disculpo por eso. No podía pensar bien ni darme cuenta por completo de sus pesares, por eso, cuando hacía sus cosas, miraba que las hacía y no lo interrumpía.
¡Cuánto cansancio emocional y físico nos dio el 2021! ¡Cuántas pérdidas!
No bien recuperada estuve del dolor, cuando mi perra enfermó, enfermó y murió. Fue el colmo. Mi corazón se rompió, no tanto por su muerte, sino por su enfermedad, su incapacidad de ser más ella. Siempre tan libre, siempre tan su voluntad y luego, una semana y no se pudo levantar más. Cayó y no se pudo levantar, ni para obrar, ni para comer. Luché y luché, como con Isis, para que Gilda no muriera, y murió.
No era justo tanto penar. No es justo tanto penar y, a pesar de que todo lo demás ya tenía cierta estabilidad, la sensación de desamparo no se iba, ni se fue en mucho tiempo. Dejar a mi madre y mi padre, dejar la casa del sur, que después fue robada, y robada, y robada. Dejar parte de mi vida allá, lejos, en el frío, a mis perritos bebés, pensar que todo iba bien y luego todo iba mal, mientras seguía pensando que todo iba bien. Los silencios de mi madre, sus secretos, esos que, como telenovela, se llevó a la tumba. La enfermedad de mi padre, sus cosas pendientes y deseos que, como puedo, intento resolver. La vida trunca, en pausa, pero trunca, todas las cosas por hacer que no he, ni hemos podido emprender…
Mañana es mi cumpleaños y no quiero que el dolor me vuelva a someter. Quiero pasarla bien, con mi amor. Quisiera pasarla con mis amigos, todos ellos que me ayudaron durante el difícil trance, ya sea con sus palabras, con su presencia, con una ducha caliente, con internet o con comida, pero estamos lejos y aún estamos en esta pandemia. Quisiera caminar por allí, comer muchos mariscos y rico pastel, tener muchos regalos y sonreír y un abrazo de mi mamá, aunque ya no esté, unos golpes de cola con terribles garras de mi Gilda, aunque ya no esté y unas lamiditas constantes en mi brazo con suaves ronroneos de Isis, aunque ya no esté.
Quisiera gorditas con repollo y dejar de llorar, y tener mucho tiempo para descansar el cuerpo y esta mente que da vueltas en los pendientes y que sólo quiere un buen momento de letargo,  ensueño y diversión.
Siempre digo que ojalá nos veamos pronto, que ahora que se pueda con esta pandemia nos reunamos, lo digo con fervor y deseo constante que de sea real, de que nuevamente en esta vida, en este año, pueda volver a hacer un día de campo lleno de comida y felicidad por todos, para esos, mis hermanos de vida que han sido mi constante y mi aliento. Un día lleno de alegría y carcajadas nos quisiera regalar…

Ya mañana es mi cumpleaños.

martes, 23 de noviembre de 2021

No sufran.



No me gusta que mis amigas sufran. No me gusta que quien quiero tenga dolor del alma. ¿Qué hacer para evitarlo? Nada. Quisiera poder abrir una caja mágica y arreglarlo todo de un cerrón, cerrón tostón. Quisiera poder tener la gracia de calmar sus penas con tal sólo oírlas. Una amiga muy sincera sufre hoy por haber terminado su relación de doce años. Otra amiga muy breve sufre por las mismas dolencias que yo misma: La pérdida de la madre y se hija única. Qué refriega que nos toca. A ambas las entiendo, a ambas las quiero, en la misma cantidad y medida, así como también he padecido su dolor, ajeno y propio. Es tristísimo sabernos solas, cuando no debiéramos. Es terrible saber que alguien siente lo mismo que tú has sentido. ¿Qué es de nosotras, las dolientes, una vez que ha pasado? Las siguientes. No me gusta que mis amigas sufran, ni mi amiga bella y candorosa, ni mi amiga madre tan lejana, tampoco mi amiga soltera, ni la casada, ni la juntada. No, ninguna, porque ninguna de ellas merece el llanto y el desasosiego, ninguna de ellas merece padecer. Todas ellas, tan bellas, tan generosas y tremendas. Todas ellas decorosas, despeinadas, vellosas y tiernas. Todas nosotras, que fuimos niñas, que crecimos entre mofles y ruinas, que alcanzamos a comprender el mundo en medio de todo barullo. Todas nosotras, tan grandes y fuertotas, y que ahora sufrimos. No nos gusta sentir pena, pero menos ellas, ellas que me lo han dado todo y yo, que tan poco les puedo dar. Las amo.



domingo, 26 de septiembre de 2021

Me desborono

Estoy demasiado triste para mí, para crear, para formar. Estoy demasiado triste para leer, para llenar, razonar y reformular espacios, teorías. No quiero saber de las cosas del mundo, de lo externo a mí, de lo que ha molestado a las demás por siglos. Hoy no. Hoy no quiero ver por nadie, por las desvalidas, por las aguerridas. Quiero ver en mí, en mi destino, en el tajo cortado que he dejado de lado, allá, lejos, en el pasado, en el frío y eterno invierno de mi juventud, la que cesó el día 6 de febrero y terminó de rematarse el 22.
No quiero sino pensar en mi destino erradicado, terrado, por mi corazón dejado de lado, ese que casi no daba de sí ya. ¿Quién iba a pensar que una ausencia así haría tal mella en el camino?
Interrupción.
Continuación.


Desvío mi mente y la mirada hacia los deseos varios. El se etérea y eterna, quedarme como espina dentro del abismo suave de todos los que me tocan, pero quien ha quedado dentro ha sido mi madre.
No tengo ya referente, ni memoria, no recuerdo mucho de los cuentos y vivencias, unos lugares vagos a los que fui ya hace muchos años. Un canal, un río, árboles y calor. Y nada ya está allí, supongo, son difusos momentos poco significativos, para nadie, para mí solamente. Un  pequeño grano de arroz, y roto.
Ese soy yo.

Escribir de corrido tampoco puedo hoy. Quizá debería dejarlo aquí, tal vez no. Este desgarre, este ansia de escuchar la perfección, el lamento contento, el día de sol idóneo para secar la ropa. Este trauma insostenible y la flexibilidad. Nada.

¿Qué es de mí, tabla a la deriva en este río casi seco?



sábado, 10 de julio de 2021

Cancelado

Una llamada inesperada, mejor dicho, un mensaje. Un mensaje que no quiero contestar, por salud mental, por sanidad, por distancia sana y mesurada. Yo no quiero contestar cómo estoy, no quiero hacer conversación, no quiero que se sepa de mí, menos si es para pontificar, para incomodar, para querer sobresalir el dolor sobre el mío, porque quizás eso pase y quizás eso no lo quiero. Mi dolor es prioridad, es mío y lo comparto con quien yo quiera.
Me gusta el sol, las flores, los gatos y algunos perritos, pero no me gusta que de pronto me pregunten cómo estoy, máxime si no me he comunicado con esa persona en meses, muchos y largos meses, máxime si no he tenido ni una palabra, ni una ayuda, máxime si me he peleado con esa persona en sueños, si la he culpado por la desaparición del bienestar de mi madre. No, no quiero, y, sin embargo, me temo que he de contestarle con un "bien" simplemente así. Hay tantas cosas que hacer que no hay tiempo de hablar, sobretodo con ella.
Hablo sólo con quien sé que me hará bien, que son muchas otras personas, todas amigas francas, manos y oídos, lindos hermanos de alma y corazón, pero con ella, con ella nada, porque no merece mi tiempo maravilloso y precioso, porque soy cortés sólo por mi primo, porque él sí me interesa.
Esto es todo.



lunes, 19 de abril de 2021

Confesiones de Primavera

Desde diciembre de 2019 que mi vida perdió rumbo, y tomó uno distinto e igual a la vez. Desde diciembre que se metieron a la casa de mi madre y se quedó sin ella, voluntariamente, deseando estar de nuevo allí, a pesar del frío, a pesar de la vida mala que tuvo, deseaba estar en su casa, a pesar de decir que tenía otra nueva, lista para ser estrenada, deseaba su casa, esa casa, la misma de donde huí, la misma a la que le lloré un poco cuando desalojé más de mis cosas, mi cuarto, su cuarto, el cuarto del Huehue. La casa bonita que necesita más vida, que requiere toda la vida y nada del frío.
Desde 2019 se perdió el rumbo de todos.
Creo que primero del Huehue, cuando una perdió parte de su mente, por su vida disipada, disoluta, variada, desordenada, su vida, esa que perdió y anhela, yo sé que la anhela. Se ve en sus ojos tristes de párpados caídos.
Luego fue mi madre, con su hogar su casa, la pérdida de algo que desconozco, el temor, la angustia, la paranoia. Sólo ella supo de qué huía; sólo ella supo el nombre del terror que le alimentaba. Su casa que ya no era su casa, porque ya no quiso. ¿Qué fue de ella? Que se perdió en sus angustias, que le carcomió el alma el terror sin nombre y con cara. Hasta que murió.
Mi mamá se murió porque se quedó sin casa.
Luego fui yo. Con padre que es como un niño y sin madre. Mirando por él, sabiendo los pendientes de ella. Luego estoy yo, que me fui lo más lejos posible de esa gran casa con el sueño de volver a ver a mi madre en su casa, do quiera que fuera y no, ya no la vi. ¿La última vez que la vi? ¿Lo último que le dije?
¡Vámonos María! Y se la llevaron los camilleros a su clínica del IMSS para que siguiera con su hospitalización, hasta que el cuerpo ya no le dio. Y quedé.
Si bien, en febrero del 2020 me sentía desamparada, ahora lo estoy más.
Ese desamparo que te quita el aliento y que no te deja pensar. Ese desamparo que sólo provoca el anhelo de que tu padre te vuelva a conseguir un libro que no se ha editado o del poder contarle a tu madre alguna mala acción de un tercero. ¡Qué terrible el convertirse en tus padres así de pronto!
Estuve huyendo de mis responsabilidades familiares durante un año, para que cayeran sobre mis hombros de la manera más funesta. ¿Huyendo? ¿Hacer mi vida era escapar y evadir a los padres?
Al parecer así siempre parece que fue.
No tengo más que decir por ahora.
Ah no, sí.
Es muy, muy molesto que cualquier persona me diga que necesitaré terapia.



jueves, 4 de marzo de 2021

De las pérdidas.

Tiempo ha que no he escrito, ni leído. Tiempo ha que no he escrito aquí, ni allá, ni en lugar alguno. He estado ocupada, atribulada, desvencijada. He estado, y eso es ganancia.
Hoy no haré ninguna felicitación para una gata, porque ha muerto.
Hoy no río.
Hoy sólo recuerdo y conmemoro, un poco, sólo un poco, porque duele.
Porque el dolor es suma de dolores, vacíos y silencios.
Porque hay mucho por decir, pero más por hacer.
Me dicen que me tome un tiempo, que respire, que haga por mí, que me apapache, pero el tiempo viene volando y me lleva de vuelta a la resolución de cosas, las más inesperadas.
No pensaba que mi madre moriría.
Pensaba que la cuota era mi gatita Isis y que mi madre sobreviviría, que su cuerpo aguantaría nuevamente las batallas y que la tendríamos en casa en un par de semanas más…y no.
No resistió su corazón.
Falleció.
Murió un lunes 22 de febrero. Fui al hospital, porque insistieron y cuando llegué la noticia fue funesta, implacable, terrible. "¿Ya se murió? Pensé que sobreviviría."
Y no. Ahí quedó la prieta. 
Se llevó su voz, sus dedos ya chuecos. Se llevó sus secretos y problemas. Se los quedó todos y dejó aquí un regadero de emociones intensas, un regadero de hojas, cuentas, enredos. Dejó una hija que no sabe qué hacer con su padre, porque está allí, todo triste y desbaratado, todo sin saber exactamente qué día es por los antipsicóticos que le recetaron hace tiempo.
"Yo no sé qué voy a hacer sin mi mamá." Y no, no lo sé.
Estoy siguiendo la bola. Estoy consiguiendo tiempo, pero no lo tengo, como ella no lo tuvo para sí, como mi gatita hermosa que se fue en un estertor, como mi madre que simplemente tuvo paro y su corazón ya no jaló, a pesar del medicamento, a pesar del carrito de choques. Nadie pensaba que eso pasaría. Tampoco ella, ella que pensaba que iría a casa pronto, que necesitaba sus ropas para irse a su casa y luego ir a su otra casa, aquélla que tanto estuvo preparando para finalmente habitar un espacio a su gusto. El espacio que se quedará vacío, sin ella. Sus sartenes, su cocina integral, sus muebles bien pensados, morados, según recuerdo.
"Se murió mi mamá." Recuerdo que escribí. Y mis amigos no lo podían creer.
"Ya se murió mi mamá." Recuerdo que le dije a su hermana y lloró desconsolada. "¿Qué vas a hacer? ¿La vas a cremar y la vas a traer para acá?" No, ella nunca quiso ser cremada.
Tantas llamadas y palabras. Tantas suspicacias.
Y nada, nada me dio sosiego.
Acaso algunas notas, acaso el abrazo largo de mi tío y el llanto de mi prima, acaso el apoyo fuerte de mi Amor y mis gatitas sobre el pecho. Y mi casa tan sola, sin mi Isis, esa gata que sabía darme el consuelo exacto ante todo, esa gata que se dejaba cargar y llenar de lágrimas, la que me miraba paciente mientras dormía. La amo.
Y mi madre muerta, que también amo.
Tal vez jamás se lo dije.
Tal vez siempre pensó que no la quería.
Quién sabe.
Tampoco sé si me quería de verdad o si creía que mi vida era un juego de niños. No lo sé. No sé.
Mientras sus amigas diciendo pavadas, que la llevé a que la mataran al seguro social, sí, ¿y con qué se pagaba el resto del hospital? "Ella tenía dinero." "¿Dónde, tú sabes?, me ayudaría mucho." "No lo sé, eso te corresponde a ti saberlo."… Saberlo, si ella jamás me dijo nada, si ella todo lo guardaba y luego, cuando me quiso contar todo, no pudo, ya no pudo, y se fue a un hospital, la entubaron y poco hablé con ella, acaso unos días que estaba más consciente, porque entre la oxigenación baja y las toxinas que no filtraba su único riñón, ella alucinaba, veía cosas y luego se ponía necia. Quería irse a su casa.
Yo no la dejé.
Mi madre muerta y la vida que sigue y el dolor encarnado, silente, terrible. Quizás muchos entiendan, se agradece que lo digan.
Gracias mi madre, por hacerme, aunque sea yo un desmadre.
Qué triste.


martes, 15 de diciembre de 2020

De los días atrasados y muy pesados y demás.

¿Qué pasó en las semanas pasadas? ¿Qué fue lo que me mantuvo con zozobra por días y días? Interminables días.
Y este día, esta fecha justamente. Un 15 de diciembre del año 1979. Un par de personas se casaron. Después tuvieron una hija, como tres años después.
La verdad no me gusta hablar de mí, nunca, casi nunca, y sin embargo todo el tiempo estoy hablando de mí, ¿de qué otra cosa podría hablar? ¿De literatura, de arte, de música? Podría hacer gala de lo que sé, y lo hago, podría ser más cínica en lo que hago gala, y lo hago. Todo con la finalidad de encubrir lo que en realidad soy, qué soy, a dónde pertenezco. Todo con la finalidad de que no se note lo que me duele, lo que me está lastimando.
Los recuerdos, esos momentos que ya no están, así como las gentes, así como la juventud. Lo único que queda es la muerte, y su recuerdo, aunque no haya muerte, aún, pero el recuerdo.
Soñar con la humedad de una casa, los hongos, el hacinamiento. La preocupación del padre y de la madre. El impedimento de no poder ayudar más, por espacio, por lugares. Aquí no hay espacio, ni lugares. Quizá si hubiera, pero sólo quizá.
Mi empeño en tener mi espacio, mi vida, mi tiempo. ¿Y si eso sólo me hace una egoísta? ¿Y si eso es lo que no debo hacer? ¿Y si eso me convierte en una mala hija, una irresponsable y abusiva? 
Muchos dirían eso, yo misma me lo diría, pero no por mi cabeza necia, sino por lo que he escuchado por años de la gente de esta familia: 
"Yo nunca dejaría a mi madre sola."
"Es tan buen hijo, le puso casa a su madre."
"No estudié lo que quise porque no iba a dejar sola a mi madre."
"Cuida a tu madre."
Y yo xingo a mi madre.
Llevo mucho tiempo intentando terminar esta entrada, me distraigo a propósito, le doy vueltas al asunto, a lo que me incomoda. Entre el "deber ser" y el "tienes que sacar lo que te duele" y no sale, y sí, está allí, pero velado entre palabras necias, porque no hay otra forma en mí para darme a entender. Quisiera teorizar al respecto, pero siento que sería demasiado banal, demasiado falto de importancia, porque finalmente son cosas que me están pasando. Son pérdidas inesperadas.
Jamás pensé que sucedería así, jamás pensé que sería el padre el primero en flaquear, el primero en estar más indefenso, y ahora, al lado de la ya perennemente indefensa madre. Quisiera que estuvieran cerca, pero no tan cerca, y no hay forma de mantenerlos en esta cercanía sana, no hay forma de que no irrumpan en el equilibrio de este hogar si se acercan más. Soy muy egoísta. He de ser un monstruo.
Luego recuerdo que son adultos, que ellos deberían ya saber lo que hacen, pero luego recuerdo lo que es sentirse rebasado. ¿Qué puede más?
He de ser un monstruo.
Pero hago lo mejor que puedo.
Pensar en una vida que jamás me ha gustado, en una dinámica de familia muégano que jamás, JAMÁS he experimentado, porque crecí lejos de todos los parientes, porque sé que así debe ser, por lo menos para mí y para mi amor…
Puede ser por unos meses, puede ser por años, puede ser por décadas, y este momento de la vida, donde he perdido ya tanto tiempo con mi amor, no quiero perder ni un minuto más. Suena tan dramático.
Quizás estoy siendo melodramática y no me dejo llevar por la practicidad de la vida. Si no se puede, no se puede, si me quedo en este paraíso infernal es porque acá estoy tejiendo mi vida, si ellos no vienen es porque no tienen un lugar aquí, porque no lo pensaron así antes. ¿Y ahora? ¿Por qué no hacerlo? No es imposible; sin embargo se necesitan voluntades y tiempo y disponibilidad y todo en plural, porque no todo ha de depender de mí, porque la madre es un ser independiente y yo también (aunque a veces no lo sienta así). 
La deuda moral y más que moral pesa sobre esta cabeza turbia y pesada.



miércoles, 16 de septiembre de 2020

Una llamada de Feministlán / Las Heroicas

Mentiría si no me da miedo cada día que mi pareja en algún momento se le botara la canica y se convirtiera en aquel gran macho que todo mexicano tiene en su interior. En el Pater Familias sobre protector, en el hombre controlador de actos y de ideas, en el celoso patológico manipulador. Sí, diario tengo miedo por mí y deseo que no pase, que él siga siendo como se ha manifestado estos años, que siga congruente con sus ideales y jamás deje de poner en tela de juicio las acciones que le enseñaron que un hombre debe ser.
Lo conozco lo suficiente como para confiar en él, mi vida, mis pensamientos, la construcción de nuestro hogar y nuestro patrimonio. Le sé todo y él me sabe todo. No hay nada que ocultar, ni una mentira, ni un saber. Todo nos lo contamos, con la entera confianza de que es verdad, de que no nos hemos de juzgar, de que nuestros puntos de vista serán discutidos, pero jamás minimizado.
¿Qué les enseñan a los niños que deben hacer, que deben pensar y actuar? 
Ellos son los fuertes, nosotras las débiles, ellos deben resistir, nosotras flaquear, ellos deben de tener la mente dura y los músculos dispuestos para todo, nosotras debemos estar agradecidas por su escudo protector, físico e intelectual. Ellos accionan, nosotras nos sometemos a su acción.
Todos los días me pregunto si no uno de estos él tomará esas riendas de la vida, o si acaso no ya las está tomando y no me he dado cuenta, ciega por el amor incondicional que me profesa.
Luego recuerdo a otra persona, alguien que dice ser igual, alguien que dice apoyar la causa feminista, el aborto, la lucha contra la violencia, que decía ser un hombre que se cuestionaba y que ya no era el mismo de antes y…cómo después me desechó sin necesidad de la verdad, mirando sólo sus prejuicios y atacando mis supuestas acciones.
No diré que todos los días lo recuerdo, eso ya no pasa, pero de vez en cuando, y más en estos días, no por causa mía, sino por una tontería que él hizo y noté, pero hoy sí está en mi mente, porque gracias a él encajo, por desgracia, en aquél chocante dicho que reza: "El aliado de una es el agresor de otra." Dicho chocante que generaliza, y que por eso me desagrada. Y por él, porque se las sigue dando de aliado feminista y porque él y sólo él ha sido el único que ha puesto en tela de juicio mi sexualidad, es que caigo en la terrible generalización, penosa, desagradable. 
Él es una muestra de la desgracia, de que el machismo no se sacude con una toalla, que, por un lado se dicen liberados del machismo y por otro lado, lo siguen actuando. ¿Y ellas? Y las mujeres mayores no actúan de la misma manera?
En mi vida nueva en estos lares me di cuenta de muchas cosas, que la burbuja citadina nos protege, que no todas las mujeres crecen y se desarrollan igual, tanto por la zona urbana, como por la clase social, aprendí que muchas mujeres jóvenes crecieron más precipitadamente que yo y se dieron de frentazos con los machos horrendos de estas tierras. Les enseñaron a ser mujeres —cualquier cosa que eso signifique— y como tales las maltrataron muy, pero muy pequeñas, sin haberles dado la oportunidad de respirar un poco de madurez antes del golpe machista. También, por razones generacionales, ellas tuvieron los estereotipos de género dictados por el mercado, mucho más marcados. Así crecieron, sin ver otra posibilidad de vida, creyendo que ser niña era portarse bien y ser mujer era lo que escuchaban y veían en los medio. Y, como se vieron en la necesidad de crecer velozmente, no tuvieron la oportunidad de probar y reprobar lo que les habían enseñado del cómo ser mujer.
Llegué, las conocí y aprendí de ellas. Les llevo ya varios años, muchas de ellas estaban naciendo cuando yo estaba iniciando la carrera, prácticamente ninguna gozó de ver el contraste del siglo XX, de lo sórdido de un muro divisorio a la esperanza de un mundo unido en la paz y la libertad, misma que se desapareció un 11 de septiembre, evento en el cual no ahondaré.
Las conocí y supe que ellas eran sabias, que su fuerza no estaba dirigida por un berrinche, sino por el hambre verdadera de justicia. Supe que sabían lo que hacían, que leían, se informaban, que no todo lo hacían con víscera (no tanto). Supe sus historias, que todas habían llegado a ese punto del feminismo por sus historias de maltrato. ¿Cómo era posible que chicas de menos de 22 años ya tuvieran una historia de violencia física, un procedimiento legal contra alguien, la necesidad de atenderse en un psiquiátrico?
Algo definitivamente se está haciendo mal cuando mujeres tan jóvenes tienen que dar su tiempo de vida en lo que se supone que debía estar solucionado desde hace años.
Y lo que más me enoja, además del sistema que desprotege a las mujeres que apenas están llegando a serlo, son las mujeres mayores; todas aquellas que se ciñen a los preceptos de su edad, de las enseñanzas de su infancia, de su juventud; todas ellas que no ponen en tela de juicio nada y piensan que las más jóvenes son simplemente tontas, por jóvenes, que son inexpertas y, por lo mismo, incapaces de formarse juicios, de organizarse para algo bueno, que todo lo hacen por berrinche, porque ellas no saben. 
Me enoja que esas mujeres mayores crean que las jóvenes son débiles porque se quejan, porque no aguantaron en silencio lo que ellas pasaron, no importando que, tanto las chicas, como las mayores, todas, hemos vivido experiencias similares, porque hemos sido criadas en México, en Latinoamérica machista y misógina. 
Me enoja que esas mujeres mayores quieran medir a las jóvenes con la misma vara con la que fueron medidas, que no se acerquen a ellas, que no dialoguen con ellas y que crean que sus años son la verdad única. Me enoja que las mujeres no deseen desempolvarse el supuesto respeto a sus canas y vean que el problema es de todas, no sólo de ellas y que sólo ellas tienen la solución.
Me enoja la mentira, la mentira de él, las mentiras de las que se creen la Verdad. Me enoja que todo lo quieran ensuciar con lucha política y de fuerzas, que siempre gane el prejuicio sobre la justicia.



jueves, 27 de agosto de 2020

De los tiempos pandémicos.

Tiene tiempo que no escribo una entrada por acá, ¿por qué? No sé, quizá por falta de soledad, quizá por exceso de trabajo, quizá por tantas cosas, quizá. Tengo muchos meses sin escribir, dejé de sentirme especial, dejé de querer compartir mi pensar, mi pesar, mi penar, y me centré en el trabajo, en el estudio, en las cosas por hacer. Sin querer me llené de actividades de un día para otro, sin querer y conociéndome. Desconociéndome. 
¿Qué sería de él sin mí? 
¿Qué sería de mí sin él? 
Estos días me he centrado, concentrado, de forma concéntrica en lazos, en redes, en páginas, en mujeres, todas ellas feministas, y no pude tomar descanso del todo , porque surgía una y otra cosa, porque de lo que me quise encargar, una labor insignificante, pero que ha resultado fructífera. Me censuré. 
Escribo hoy y aquí con más ganas que ideas, mirando a mi gata Asuka, sabiendo que hoy viene mi Amor, porque sí, de nuevo, se irá por días y me dejará a cargo del hogar entre semana. Sin embargo ahora pesa más que hace un año, justo porque ya nos habíamos adaptado el uno al otro, justo porque él tenía su papel y yo el mío, porque ahora tengo trabajo en casa y no tengo mucho tiempo de hacerme cargo de todo, ni del desayuno, que él siempre prepara. Hoy, por ejemplo, terminé almorzando a las 12 del día, entre tirar la basura, entre la charla con la vecina, limpiar lo de las gatas, las otras labores de la internet. Lo bueno fue que dejé mi yogurt de guayaba listo desde ayer y que no pasé hambres por la mañana, o casi no. 
Escribo porque este día es día de escribir, porque se me cancelaron las actividades laborales. En verdad, que ayer tenía una idea muy buena, pero tuve mucha faena y ahora, nada. 
Acabo de recordar a un amigo de mi Amor diciéndole, recriminándole que lo he cambiado, que ahora toma pulque conmigo; y me quedo pensando en lo terrible que es que la pareja cambie por uno, que lo verdaderamente terrible es cuando se cambia por el otro para mal, para enconcharse, para guardarse en su casa, para trabajar y sólo dar el gasto, para dejar de mostrar las rodillas, para dejarse de maquillar, para aislarse de los suyos. Es terrible, triste y peligroso, sobretodo lo último. Dejar de ser por el otro, ser un bulto gris al lado de la puerta, en la esquina de los trebejos, en el umbral de la alcoba, ser un nada porque el otro quiere, porque le conviene, por sus celos, por su explotación, por su ansia de control y su inseguridad e inmadurez. Ser la nada y dejar la humanidad tirada como un trapo viejo. Eso sí que es terrible y peligroso…No beber un litro de pulque. Sólo me vino a la cabeza eso antes de sentarme a escribir. 
Será también que ya no he escrito porque la gente no lee, o porque la gente dice que no lee, cuando en realidad sí lo hace. 
¿Por qué perpetuar esa idea? ¿Por qué seguir repitiendo lo que se ha dicho y hecho desde los 90s? 
La gente sí lee. 
¿Por qué vender un taller literario con la mera imagen? ¿No habría, acaso, que dotar de palabras antes que de imágenes para el quehacer literario? Ya me perdí. Entiendo que la imagen lo dice todo, pero no entiendo el afán de todo constreñirlo a una sola pintura, a una foto, a la idea que te la la foto, sin saber el fondo, sin mostrar el contenido porque, ¿no acaso el contenido en lo literario lo es todo? Y sí, la forma, pero en la forma está el estilo…¡Y no la foto del autor!! 
Me cansa la perpetuación de las superficialidades heredadas del final del siglo XX, me cansa que las repliquen, que no las cuestionen, que simplemente digan que así es, porque los medios digitales, porque las tecnologías y el mercado así lo han colocado. No. No es lo mejor. Sí, mucho poner en tela de juicio el patriarcado, el machismo, pero no poner en la mira la superficialidad que nos ha llevado a los lugares más oscuros y peligrosos, ya no sólo en nuestras psiques, sino en las calles, a manos de los carentes de escrúpulos que así crecieron, así fueron educados, justo con esa idea de la imagen por sobre el contenido. 

No. Me niego a tener una vida de sólo imágenes. Me niego a que e muestre sólo una foto, un retrato, una imagen ya distorsionada de mí y de mis actuares. Hay, que no habrá, hay que cambiar ese círculo vicioso, romperlo, constreñirlo, hacerlo trozos y levantar la cabeza, las ideas. Que éstas lo sean todo y no sólo un pedazo de bits con colores y unas cuantas palabras. Supongo que esto último es lo que en verdad quería escribir desde el principio; y no salía nada, porque las reflexiones siempre vienen a mí tras darle varias vueltas a todas las ideas sobresalientes y triviales que le rodean. 
Ojalá que alguien lea esto. Ojalá haya mentes pensantes verdaderamente.

riqueza gastronómica


lunes, 29 de junio de 2020

Nostalgós, feminismo y hartazgo.

Hay de días a días. Hay recuerdos horribles. Hay tormentos. Hay maldades. Hay todo.
No hay nada.
Esta tristeza que no se salva con nada, ni con laminitas, ni con pastichés, ni con nada. Tengo hambre que es ansiedad, o hambre que es depresión. ¿Será que la pandemia ya me ha rebasado? Llevo meses sin ir a con mi madre, quiero y no, quiero porque no la he visto y no, por miedo a la infección y a todo lo que conlleva ir allá, a perder interminablemente el tiempo para arreglar algo que quizás no tenga arreglo, o sí. Son cosas que tengo que hacer, pero cosas que ahora mismo no he de hacer. ¿Qué más da? ¿Qué más decir?
Será que estoy harta de mí, harta del hastío, harta del mundo de las redes, temerosa del mundo real, de la enfermedad y la muerte. Quizá no me llegue,no quiero que así sea, y sólo me esté llenando de temores, de alucinaciones. ¿Necesitaré terapia?
No. Sí.
No quiero. No quiero. No quiero.
Lo único que quiero es cariño, pero luego no tengo, porque algo pasa, alguna torpeza de mi parte que parte todo, que ensombrece el ya ensombrecido día. Yo sólo quiero ternura que no hay, porque quizá el otro no esté en capacitar de dar. Y entonces sólo lloro, en silencio y en su presencia, y lloro, ¿por  qué no le digo  nada? Porque no quiero, no quiero, no quiero. Simplemente quiero el día llano, sin pedir nada, sin decir, sin accionar. No quiero explicar lo que ya he explicado, y no, no quiero, no quiero, no quiero. (Y estoy llorando, así, en silencio, sin gimoteos, el arte de llorar sólo lagrimeando, tal vez sea ese el arte del dolor profundísimo).
Lo hecho durante estos meses no ha dado muchos frutos. No. Porque mi trabajo no es suficiente, porque no soy suficiente, no soy nadie, ni nada, no. Porque mi tiempo no cuenta, ni la preparación, ni los preparativos. Me he quedado sólo con un par de videos larguísimo y ningunas gracias, ni palabras. He sido excluida de todo. 
He sido excluida de mí misma. Tengo frío. No me gusta tener frío.
Estoy harta de estos días, de estos climas, de estos vientos. No me gusta el vacío que viene después de un estornudo. No me gusta nada, nada, nada. Como tampoco me gusta a la idea de renunciar a una convicción por la convicción de otras. ¿Quién hubiera pensado que un bloque feminista estaba en contra de la comunidad LGBTTTI por infinitas razones? Sí, que son varones, sí, que muchos varones homosexuales son misóginos, sí, que algunos Trans lo son y se creen superiores, sí, que lo políticamente correcto se está comiendo la palabra M  U  J  E  R, sí, pero ¿oponerse al orgullo? ¿oponerse a la fiesta, celebración y conmemoración de una lucha por algunos sectores? ¿Cuándo la parcialidad define el todo?
Si es así, soy BISEXUAL antes de ser FEMINISTA, porque me prefiero en mi interior que en mi exterior político…Como si una cosa excluyera a la otra, como si la orientación sexual fuera un estereotipo de género. 
Estoy harta de las generalizaciones.
Estoy harta de estar en silencio.
Estoy harta de estar harta.
Estoy harta de no recibir ternura.
Estoy harta de tener que ser cuidadosa y callada.
Estoy harta de buscar el equilibrio y la paz mental.
Estoy harta de ser una huérfana con padres vivos.
Estoy harta del sentimiento de desamparo.
Estoy harta del tacto.
Estoy harta de la impaciencia de la gente.
Estoy harta del delirio.
Estoy harta de la falta de empatía y compasión.
Estoy harta de ti, de todos, estoy harta de mí.



lunes, 8 de junio de 2020

Vidas pasadas.

¿Cuántas vidas ya llevas puestas?
¿Cuánto tiempo más pasará?
Has transitado ya por muchos tiempos, por un par de siglos, por la gente, sus personalidades y problemas. Has visto  demasiado, mas no suficiente (o eso es lo que crees). Te has quedado en anhelos y con los deseos de muchos. Conoces a tantas gentes que no te cabe en la cabeza, has olvidado a tanto, y has sido olvidado por la gran mayoría.
Tus vidas han transitado lentas, pacíficas y pasivas; sin gran complicación, sin dificultad extrema ni problemáticas densas.
Y has pasado de largo de entre ellas, porque sí, es cierto, tú no eres memorable, no eres digna de ser recordada, ni odiada, ni amada, ni admirada, casi que ni leída. Tú eres un grano más de arroz, sin diferencia, no llegas a ser el negrito, ni la paja más larga.
Ese tránsito tan silencioso y decente no llega a la entonación más límpida ni plena, o ni siquiera a una tonada sincera, o tranquila, o pasable.
Normal, acaso normal. No más.
No eres sobresaliente. Entonces eres casi nada.
Todo aquello que pensaste que merecías, no lo es, no logras hacer un algo más para que se te admire, para que se te recuerde verdaderamente. Llegas a la vida de la gente tan fácil como te puedes ir. Y desapareces físicamente, y quedas en nada, tú que te creías el todo.
Y no eres nada.
¿Cuántas vidas han pasado sobre tu espalda? ¿Cuántas tú han desaparecido con el mover de tus dedos, tus brazos, tus piernas, tu cabello? ¿Cuántas vidas más soportarás?
¿No es momento ya de desaparecer para siempre de estas vidas?
¿Cuántas veces has intentado reinventarte? ¿Y cuántas veces no siempre has sido la misma?
Desgastada y vieja, ajada cada vez más.
Primero comida y hongueada por la humedad y el frío.
Después requedama por el sol.
¿Cuántas vidas más aguantará tu mente?
Tus recuerdos se vuelven flácidos; tu oído débil; tu cuerpo lánguido.
No sabes cuánto durarán las ganas de recorrer los caminos distintos, esas vías sin rumbo. Todo sabe a muerte, triste, desecada y necesaria.
Ojalá llegue el momento en que cualquier no extraño te mire con ojos de conocimiento y te haga sonreír sinceramente.
¿En qué vida será aquello?


martes, 26 de mayo de 2020

Expandirse y dejar.

Tiempo ha que no soy yo. Luego me fui, luego volví.
Ahora me duele un dedo. Los malos hábitos caen nuevamente. En mí.
No soporto nada, no me soporto a mí. Quiero estar sola un momento y pensar, y no pensar, quiero vivir de refilón todo un día en mi propia intensidad. Serán las hormonas, el encierro, habitual encierro, el calor, la falta de camino, el ciclo, el enclaustramiento, el común enclaustramiento, la temperatura alta, la omisión de vía, será.
Yo sé qué será y es lo de siempre, aderezado con lo otro, lo del día y la convivencia, que se hace extraña, que se hace plana, que se hace siempre. Ser personas de hábitos no es malo, tampoco lo hace bueno, lo hace normal, normalizado, terrible y aburrido, y luego no, porque hay saltos, sobresaltos, embistes, truenos, ya no quiero. Quisiera estar sola, solita un momento, y luego quisiera no estarlo. Quisiera no estarlo cuando no quiero y luego estarlo, cuando quiero, ¿cuándo no?
De niña era lo mismo. Me aburría de estar sola y salía y me aburría de salir y me metía, me metía, me mentía. Yo creía que era genial, que era única y especial; creía que nadie más podría ser como yo y luego resulta que hay mil, millones igual a mí. Soy una copia de la copia de una copia. Lo único que me hace diferente, quizá, sea mi pobre historia personal.
¿No será también una mentira? ¿No será que vivo el autoengaño y que lo que digo ser, tener y estar, no es, ni tengo, ni estoy?
Ojalá el auténtico nihilismo consumiera por completo mi cerebro, para dejar de pensar, de penar, de sentir, de doler. Ojalá llegara el gran hoyo negro y me quitara de estas no ganas, de esta tremenda incapacidad de no ser. Ojalá tuviera las agallas de nada.
No soy yo de aguantar ni mi propia mente.
¿Qué demonios hago aquí?
Esta tarde de verdad que quise huir, por mí, por mi pie, por mi salud mental, por dejar de sudar a lágrima tendida irrespetuosa. No se puede fingir la sonrisa, el hambre, ni la satisfacción.
Quisiera simplemente expanderme, destruir y devorar al mundo, desecharlo y seguir, con el alivio del olvido. 
¿Cómo le hacen para salirse de sí?


viernes, 22 de mayo de 2020

Del fiasco.

Me resistía a escribir hoy, me resistía a escribir ayer.
Es cierto que tengo cierta sensación de incertidumbre, de hartazgo, de hambre, de hambre del alma.
¿Cómo decirlo?
Pues que esto no ha parado, ni va a parar, y el peligro es inminente. Estoy y no hablando del Coronavirus, estoy hablando de algo más pequeño e insignificante, de mí misma, mis voluntades.
Me acabo de enterar de una noticia que no me compete, que no tiene mucho para mí, o sí, no, no tiene nada, pero recordé lo que pasó en diciembre, lo inevitable, o no, la verdad no lo sé, pero tampoco tiene caso rascar ahí, porque no hay respuestas, y, si las hay, no serán para mí, porque para mí nunca lo son.
Sé que estoy esquiva, sé que no son clara, ni precisa.
No es mi intención serlo, no quiero escribir los temores que siento, ya sea porque se interpreten como los temores comunes de los otros, ya sea porque no quiero volver sobre lo mismo. ¿Quién podrá salvar a mi perra, mi piano, mis libros?
Sólo yo, y estoy aquí, totalmente detenida, totalmente impedida para salir, (aunque esta vez no es por mi físico). ¿Cuándo acabará todo esto?
No tiene fecha.
A veces quisiera que no acabara. A veces simplemente quisiera que esto continuara por siempre, así, egoísta como tantos, para no tener que salir a la luz y asumir mis responsabilidades. Ya son cada vez más.
Huyo de mi mente, no lo logro.
Mi físico lo impide. Mi físico me recuerda día a día lo inhábil que soy para hacer las cosas que deseo, que digo saber hacer. Básicamente no soy nada, soy una gran mentira, soy una pantomima, una sombra mal hecha. 
Quisiera ser ese teatro, esa gran obra de arte, la gran intérprete, la creadora del mundo, mas me veo sola, sin espejos, distorsionada y tonta. Me veo en un agujero de estupidez y pretensión. Me veo olvidada de mí y de todos, porque soy olvidable, porque ¿quién quisiera acordarse de mí?
Si ni siquiera doy clases con efectividad.
Ni siquiera presto atención a los detalles.
Ni siquiera puedo hacer lo más mínimo, el pequeño paso para continuar.
Soy un fiasco y a este fiasco se le acaba el tiempo.
Un fiasco pitañoso.
















jueves, 23 de abril de 2020

El encumbrado encierro.

Desde el encumbrado encierro, la superioridad moral, mi posición por sobre todos aquellos que no quieren entender cuán importante es acatar las normas dictadas por la autoridad, no someto a discusión nada y dejo que ella haga de mí lo que le plazca, porque es por nuestro bien, porque el toque de queda está bien, porque la vida y el libre tránsito es un error cuando nuestra vida peligra.
Ellos, ellos son los que están mal; yo estoy muy bien. Yo obedezco, yo no salgo, yo me mantengo lejos de todos (distanciamiento social, le llaman), permanezco en silencio, pero vomito en redes sociales mis malestares y cómo es que repruebo el actuar de la gente, aquella gente que sale inconscientemente, no me importa que sea para trabajar, no me importa que hayan salido por insumos, no, ellos deben verse asustados y tensos, tal como yo estoy cuando permanezco en casa; tal como yo estoy cuando salgo (ya qué) a la calle a hacer algo impostergable, algo sumamente necesario.
Sí, todos deben salir con horror de la calle, con terror de la gente, con estrés, angustia, pena, ansiedad por todo, con asco. 
¿Por qué la gente no lo hace? ¿Por qué la gente cuando sale va por la vida de forma pausada y hasta sonríe?
Seguro hasta tienen sexo, seguro no se lavan las manos cada media hora, como dicta la autoridad, seguro no riegan sus ropas con alcohol al llegar y se meten a bañar de inmediato mientras prenden la lavadora para lavar la muda del día. ¡Seguro hasta saludan a sus familiares al llegar a casa, y cocinan con ellos, y comen con ellos en vez de pedir comida de algún local!
Yo no entiendo a la gente…
Desde el encumbrado encierro, con mi oficina en casa, o mis clases en linea, o con el dinero ahorrado, repruebo tajantemente el actuar de los otros mortales, así, sin importarme su contexto, sin voltear a ver cualquier problemática que no sea la mía. Todos deberíamos permanecer asépticos, envueltos en batas, mascarillas y lentes, todo desechable, todo listo para que el señor anónimo de la basura se lo lleve, sin que me importe nada, porque ya no será mi problema, porque, aunque mi producción de basura sea mucho mayor, no me importa, el fin justifica los medios.
Miro con escándalo la forma de caminar, de actuar, de ser de los que andan en la calle; lo miro porque no hacen como yo, porque ellos serán los culpables de que yo y sólo yo enferme. No están pensando en mi esfuerzo; no están pensando en mi sensatez…¡Son unos puercos!

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Desde el personal encierro detesto a todos aquellos que viven en la queja, el terror y la ansiedad, que no reprueban las acciones inconscientes porque atenten en contra de la comunidad, sino porque atentan en contra de su máximo esfuerzo de aislamiento. Y no es que los mire con bien, no es que no tenga algo de muina al ver cómo algunos faltos de razón se saltan las normas y se entregan a las aglomeraciones y a la suciedad.
La forma más sana de llevar la cuarentena es guardando el ánimo y construyendo imaginaciones del futuro, no señalando con el dedo, de la manera más fácil y trivial, a todo aquél que se le considere malo e irresponsable.



jueves, 16 de abril de 2020

Resulta que…

Ora resulta que todo está bien, ora resulta que no.
Ora resulta que todo está en pausa, y sí, y no.
Las cosas se están moviendo a su modo, lentamente, con tiento y peligro. ¿Qué es más que eso? Que la vida venga, que la cotidianidad carcoma, esta nueva cotidianidad, la que nadie aguanta más.
Para mí es casi la misma que antes tenía, la del encierro y del aislamiento, con la salvedad de salir un poco menos y quizá de comer un poco más.
Ahora tengo a mi Amor todos los días de la semana.
Ahora, como antes, tratamos de resolver el mundo a distancia.
Ya se verá qué tanto salvamos, qué tanto queda resuelto.
Me falta terminar algunos proyectos, me falta darle vuelta a las cosas, me falta, ¿qué me falta?
Que termine todo y nada vuelva, porque nada volverá a ser como antes, ¡ni que quisiera eso!
Mi realidad cambió drásticamente en diciembre y de allí parece que la bola no ha parado, como si mi tapete se hubiera movido también para los demás. Quizás eso no es tan malo del todo, (aunque muchos piensen todo lo contrario).
¿Qué es de ellos que están tan apegados a sus puestos de trabajo?
¿Qué es de ellos, los que son lo que hacen?
¿Qué es de los planes que se tuvieron que postergar, mover, cambiar y cancelar?
Si la gente, toda, supiera que ya no hay nada más allá que este solo día en que vivimos y respiramos, que, a pesar de los infortunios, siempre tendremos ojos para ver lo que más amamos, pero eso no importa.
Lo que más amamos, al parecer, es el dinero, el poder, las posesiones.
Ya todo se ha mezclado para mal, siempre para mal. ¿Será que no hay bien que por mal no venga?
A saber…
Pero resulta que, por lo menos, ahora todo está tranquilo, estable, que la gente que sí me importa está guardada y que todos los días miro lo que más he querido en este mundo —aunque éste sea matraca— y que es lo más bonito que miran mis ojitos, que huele mi nariz y que tocan mis manitas.


miércoles, 8 de abril de 2020

Da igual, desapareceremos.

Tengo sueño y ganas de llorar; yo sé que es por el sueño.
Veo a la gente sólo por las redes sociales desde que llegué a vivir a este paraíso tropical, así que el hecho de no verlas físicamente no cambia nada en realidad, nada, hasta que las veo ansiosas y desesperadas. Yo no lo estoy.
Yo estoy temerosa.
La ansiedad por el encierro ha sido mi constante, sobretodo desde el año pasado, hasta que conseguí algo de trabajo y pude salir a ver el mundo, en tanto, fui carcomida por la soledad y el encierro.
Eva, tan sola, en una casa grande que no es propia, con un vecino que le era extraño, nadie más al rededor con quien platicar. 
¿Qué hice entonces?
Escribir y escribir por este medio, escribir con cierta disciplina para manifestar mi hartazgo y sacar algo de la molestia que llevaba dentro.
Todo ocurrió después de que se me rompiera el corazón por mi gatito muerto; me trastocó. El Coso me hizo cuestionar las razones verdaderas de la maternidad y me quedó claro el porqué estoy incapacitada para criar seres humanos. Mi mente no da para tanto.
Después el encierro, la soledad y el aislamiento. El cansancio de mi Amor cuando venía y yo manteniendo el hogar en orden para su regreso, a pesar de estar enferma casi todo el tiempo, pero a flote, ¿por qué? Así lo había querido.
Muchas veces quise ir a casa de mi madre para no estar sola en esta casa, pero tenía la responsabilidad de las gatitas, de las vidas pequeñas y diminutas a mi cargo. (Ahora están aquí metidas, dormiditas, porque hay un perrote grandote afuera que no las deja estar tranquilas). Y no fui, y lo fui postergando, hasta tiempo después de que aquél aislamiento terminara, hasta tiempo después de que conociera a las Heróicas y abrazara ardientemente la llama feminista, hasta que…ya no pude ir a la casa de mi madre a verla, a ver a mi padre, a ver a mi perra, a pelear contra el frío, y ver mis plantitas, a quizá, tomar un par de libros y traerlos acá. Ya no pude. Aunque sí fui alguna vez más, no le hice la visita grande que tenía planeada, la de quedarme en casa y platicar con ella, comer mucho y dormir algo, ya no pude.
El aislamiento y la ansiedad que ésta conlleva. Lo entiendo perfectamente; entiendo cómo la gente que solamente he visto por redes sociales en este par de años se siente. No las subestimo, no minimizo su sentir, quisiera poder decirles que eso pasará pronto (aunque quizá no sea cierto), quisiera decirles que la gente dejará de ser estúpida (aunque sé que eso no es cierto).
Una ansiedad terrible los carcome, saben que la muerte está tocando sus puertas, las araña y los llena de incertidumbre. Es eso, la incertidumbre justamente, esa que no deja de rondar por las mentecitas sanas y enfermas, porque todos estamos en la misma situación.
No diré ahora que no estoy ansiosa por la incertidumbre ante la espera del llamado terrible de la muerte, no por mí, sino por mis seres queridos. Sé que no sería así, sé que no, sé más o menos de dónde podría venir, pero no así, pero el hecho de que mi madre sea el blanco perfecto para la enfermedad pandémica que aqueja este año, me tiene no muy tranquila.
Sólo resta esperar, sólo resta un ojalá.
Tal vez ya sé por qué quisiera llorar, además del sueño.
¿Qué se puede hacer ante la ansiedad y la incertudumbre, entonces?
Pues nada.
Pero quizás también sea mejor no desesperar y llegar al lugar privilegiado del juzgador moral supremo, el que sólo se queja de las acciones de los demás, de los que salen, de los que compran de más, de los que no hacen lo que por disposición oficial se debe hacer, de los que son personal médico y sale de los hospitales después de atender a los enfermos del Coronavirus.
Que si muertos de hambre, que nacos, que incoscientes, que infectados. 
¿Qué le está pasando a la gente? Tanto a los guardados, dueños de la rectitud moral intachable, los escrupulosos de la limpieza, los que miran con espanto cómo la gente sale de sus casas, a pesar del llamado a no hacerlo, como de lo que salen, escupen, tosen y van por la vida sin ton ni son (tal vez como siempre han ido)?
En mi anterior aislamiento perdí la fe en la Humanidad, vi cómo la gente se desdibujaba ante la amenaza del otro y cómo atacaba con pobres justificaciones y lo hacía muy fácilmente a través de los escaparates sociales y de las multitudes demenciales. ¿Podía yo esperar algo más bajo? Quizá no, pero luego me sorprenden y veo cómo unos y otros juzgan, ya sea desde lo impoluto, ya sea desde la falta de datos científicos y el miedo, ya sea desde la violencia, ya sea desde la indiferencia.
Ahora, justamente ahora, en emergencia sanitaria, todos muestran su cara verdadera, su mezquindad, su apatía, su individualismo, ahora, justo ahora, los humanitos se muestran tan fuera de sí y de la sociedad, que dará igual que sigan o no acatando las reglas, porque alguien, siempre habrá un alguien que rompa la ventana y se forme la descomposición social, esa misma que tanto hemos anhelado irresponsablemente en lo individual, pero nos llevará a la destrucción colectivamente.
No, no pediría un orden fascista que nos mantenga a raya, pediría consciencia en todos y cada uno y todos, pero, ¿a quién quiero engañar? Eso no pasará jamás.


jueves, 19 de marzo de 2020

Canas de Primavera

Aquí, aquí, y no allá.
Los días transcurren, como no pensé que transcurrirían, con sorpresa, y no, con duda, y no, con noches y sí. Ninguna llamada esperada, ninguna visita tan deseada, y despreciada. Lo único que quería era…
Luego que sueño y que sueño con ganas, y luego no hay ganas, no hay nada, sólo la vida seca, maltrecha, ni siquiera cansada, sólo la vida que parece que ya no quiero, la vida que me viene estrecha, y luego ancha, y luego otra vez estrecha. Vienen las gatas y me alegran la mañana, luego duermen, cuajadas por la calor primaveral, esa que está sobre nuestras cabezas, esa que pega y vuelve a pegar, no aguanta nada, dirán, aguanto todo y más.
Me he sumergido en la revolución porque me he cansado de pensar sólo en mí y luego, y luego ya no hay revolución, sólo cansancio, y sólo yo, mi pie, yo, mis deseos, yo, no hay nada, yo, la flojera, yo, ¿por qué siento rechazo?
De verdad que la diosa ha de estar quebrada, de verdad que parece que me ha abandonado. Sólo vacío, sólo un hueco seco, tieso, ni siquiera muerto.
Sólo quería un poco de atención materna, no la hubo, y mis lágrimas inverosímiles fueron detenidas por los sudores y los trabajos necios. A veces hubiera querido que…
Y resultó al final que fue lo mejor que pude hacer cuando salí de esa casa, pero resultó también que todo el mundo como lo conocía no existe más, así, súbito, así, sin una base, un apoyo, un lugar alterno para ir a visitar y a descansar de vez en cuando.
Nada.
Y luego resultó que todo fue molestia.
Nada.
Mejoro para ser una molestia, para que ambos pies duelan y se sientan mal, se sientan feos. Esta vida es como un barco naufragante, a veces, a veces sólo tiene rumbo cambiante, así sin el naufragio, pero mi cuerpo, mi cuerpo no se siente.
Mi cuerpo no se siente, sólo se siente la molestia, mi cuerpo no es mi cuerpo, es de la molestia, que ya ni siquiera es dolor, pero es algo que me posee, que posee mi cuerpo y que me deja en nada, es nada.
Esta gran nada que me está consumiendo.

 

domingo, 8 de marzo de 2020

8 de Marzo 2020

Confesiones.

En diciembre de 2019 tuve un enfrentamiento terrible con mi familia. ¡Ah, la familia! ¿Qué haríamos sin ellos?

Esta entrada la dedico a unas chicas maravillosas, unas chicas que me dieron razón para seguir luchando, esperanza.

En diciembre de 2019 tuve un terrible enfrentamiento con varios miembros de mi familia, corrijo, con uno en particular, el más nocivo, la tía con la que comparto nombre. Ella, la que entorpeció todo, mujer machista, la que siempre defendió a un amigo que de pronto tuvo desacuerdos conmigo, la que es amiga de una psiquiatra que lamenta que se haya quitado la homosexualidad de las enfermedades mentales, la que iba a consulta con un yerbero poblano que me dijo que el sexo en exceso era enfermedad y orillaba a la gente a la homosexualidad, la que sobreprotegió a su hijo y nunca le contaba las cosas de la familia, la que odia a mi padre.
Mi padre, esa persona que pocos conocen, ni yo, ni él tal vez.
Mi padre tuvo una crisis psicótica por infartos cerebrales, estuvo internado en psiquiatría gran parte de diciembre, para ir brevemente a un asilo y luego retornar a psiquiatría, ¿por qué? Porque la tía que lo odia impidió que se tomaran las medidas pertinentes para su adecuado ingreso, porque se cree la dueña de mi madre, de la casa, de las vidas que no son suyas. Esa tía, que otrora parecía progresista, ahora es una señora institucional, que cree que hay una sola razón, la suya, y que se empeña en tener el control de todo, esa señora que ayudó a la ruina de diciembre de 2019.
Regresemos a mi padre. Él, el que tiene mucha cola que le pisen, odiado por la tía por hostigarla, con denuncias en su antiguo centro laboral de parte de unas compañeras suyas (a las cuales les creo totalmente); el típico ojo alegre, macho mexicano y poblano, celoso, de esos de escenitas de celos a mi madre, lo cual, supongo, hizo que ella se aislara del mundo exterior; infiel, hasta que se rompió la rama y lo sacaron de casa. Mi padre es todo lo que se puede esperar de un hombre en este país piñata, bueno, casi todo, porque no era un borracho, eso sí no. Tampoco era tan mal padre en los años de mi infancia, bueno, quizá sí un poco consentidor, pero me enseñó a ser una niña segura de mis capacidades físicas, no me obligaba a ser lo que una niña tiene que ser, me llevaba a los ensayos del coro, a los conciertos, jugaba conmigo en el parque, me respondía las preguntas que le hacía sobre el impala, hasta me conseguía los libros que en la escuela y en la facultad me pedían que ya estaban agotados. 
Supongo que dentro de su mente eso era ser padre, pero en algún momento él se fue de la casa, yo crecí y dejamos de conocernos. O quizá nunca nos conocimos, o quedamos desconocidos.
Él creció en un mundo sin papás. Fue mandado a un internado muy pequeño y no volvió al hogar jamás. Se la pasó de escuela en escuela, hasta terminar la ingeniería en el Politécnico. Luego entró a trabajar, luego se casó, tuvo una familia, fue infiel, se fue de la casa, regresó, se fue, regresó, se fue…regresó, se quedó y pasó todo aquello del diciembre de 2019.
¿Por qué escribo de mi padre a colación del día de la mujer? 
¿Por qué describo a esa tía, que es mujer como yo, de esa forma despreciable?
¿Por qué no hablo de mi madre?
Bueno, porque mi madre es cosa aparte y esto no es diván.
De la tía y de mi padre hablo porque son mis muestras representativas de lo estúpido que es el machismo.
Ella hace y piensa las cosas en función de lo que cree que está bien, según parámetros machistas: proteger a los hombres, repudiar a los homosexuales, joder a las mujeres, porque sí, lo que hizo en el asilo no fue otra cosa que arruinar el descanso de mi madre. Dirán, ¿y el asedio de mi padre hacia ella? Es culpa de mi padre, no se le puede justificar.
Él actuó como se supone que se debía hacer en el México de la Postmodernidad (oh, este país piñata), siguió los pasos dictados, fue el eterno proveedor, hasta que se cansó, hasta que estalló y enfermó, y quedó en el loop constante de su enfermedad,  su sexualidad perdida, de ya no ser hombre. Sí, porque ya no eres hombre cuando dejas de ser proveedor y no puedes tener sexo nunca más. Se acabó, mejor morir, ya no tiene sentido seguir si no se puede ser hombre, e s e   h o m b r e  que esta nación quiere, que este mundo matraca creó…Este hombre macho que se consume por no poder ser lo que en verdad quiso ser, por tener que cumplir su función dentro de la sociedad.
¿Qué quería ser mi padre además de ingeniero proveedor? Le gustaba dibujar y cantar. (Sí, por eso yo también canto), quería hacer muchas otras cosas, también mi madre, pero ambos tuvieron que dedicarse a formar un hogar, a mí, a criarme, y lo dejaron todo, se dejaron.
Dirán que fue su decisión y sí, pero tampoco había otro camino que seguir, o sí, pero el siempre deseado era ese: El del hogar feliz, de la gran familia mexicana…

Por casi un año estuve convencida de que ese modelo de familia, ese modelo de ser hombre, el modelo macho, ese modelo de ser mujer, el que le acomoda al macho, no podría cambiar en este país, porque todos parecen, no cómodos, todo lo contrario, pero sí conformes con ello. Nadie cuestiona el porqué del macho proveedor y de la mujer guardada. (Aunque la mujer ya trabajo, ah, pero todo lo que gana va para el hogar y los hijos, porque así debe de ser, además de que esa mujer trabajadora ha de partirse de 6 para atender todos los frentes sin decepcionar a nadie y sin derecho a descansar). 
Todo el año pasado estuve convencida de que el modelo patriarcal era imposible de tumbar, de que los señores de este país tenían todos los pelos de la burra en la mano—y de sus mujeres–, y que no habría ley, denuncia, petición, invocación, oficio, seña, grito, movimiento, revolución, que moviera el patriarcado, pero hoy, en este día, 8 de marzo de 2020, a punto de salir a marchar, puedo decir que encuentro en una colectiva de heróicas e históricas jóvenes, la energía y las ganas de tumbarlo.
¿Por qué?
Porque han demostrado que la juventud no tiene nada que ver con la ignorancia.
Me uno y quedo con ellas porque me conmueven como nadie, porque me han contado cómo desde muy pequeñas se las han visto muy mal con la violencia machista, y cuando digo muy mal, es en serio, no sólo miradas lascivas en la calle, no unos arrimones en el transporte público, sino exposición de sus intimidades y hasta golpes, con la consabida omisión de las autoridades para proporcionarles justicia.
Estas chicas me han abierto los ojos y hasta el corazón. Me han hecho entender cosas que difícilmente podría, de seguir encerrada en mis años y en mis problemáticas personales.
Porque las mujeres están siendo violentadas gravemente a edades cada vez más tempranas, y porque se las culpa y juzga duramente, sin pensar en que son personas que merecen dignidad y respeto, como  cualquiera.

Hace poco menos de un año quedé peleada con una amiga porque ella nunca pudo entender que utilizar el término de ideología de género era ofensivo para la comunidad LGBTTTI. Me enojé mucho con ella y me enoja más ahora, porque es profesora de chicas de edades tiernas, como las de la colectiva, y no veo que ella esté haciendo la diferencia que deberíamos estar haciendo nosotros, los de treinta y más sin hijos y con posibilidades intelectuales para jalar a los que siguen y darles total apoyo. Sigo molesta con ella también por otras cosas…

Mi madre no puede con su alma y mi padre perdió su salud. Ambos llevaron la vida que se supone que debían llevar, la linea marcada, tan machista y patriarcal, la misma linea que pega en la vida de las más chicas y también de los varones, ese machismo que lo consume todo.